Al final de Peter y Wendy, la niña le promete a Peter Pan que no crecerá, que será una niña para siempre.
Unos años más tarde conocemos a otra niña. Ruth Kenthon tiene 13 años, lee a todas horas y vive en Londres. Una noche la despierta la inesperada visita de un niño en busca de su sombra perdida. Ruth, su hermana Kate y Peter emprenden el viaje a Nunca Jamás, el lugar ideal para afrontar el miedo a crecer, al olvido, al amor y a la muerte. ¿Puede la promesa de una niña dictar el destino del País de Nunca Jamás? ¿Es verdad lo que cuenta Peter sobre la isla? ¿Quedan piratas por combatir e indios a quienes salvar? En la traición de Wendy se encuentra la clave de todas estas preguntas, pero como Wendy haya crecido no habrá vuelta atrás.
Una novela oscura que ofrece múltiples preguntas y respuestas, sorpresas, lágrimas y corazones encogidos.
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sábado, 22 de enero de 2011

Resucitarlos

No hablaré de zombies, fantasmas y otras falacias. Voy a hablar de libros. De sus cortas vidas, de su tristeza. Hay en el mundo miles de millones de libros que no tenían que haber nacido. Libros que alguien compró, leyó y dejó en un estante, y ahí están. Libros que ni siquiera leyeron y están en su estanque. Libros maquetados para decorar estanterías, a cuyos secretos y tesoros permanecerán ajenos sus dueños. Mientras tanto, hay en el mundo miles de millones de personas que no saben o no tienen la ocasión de poseer un libro.

Siento fascinación por las bibliotecas. Esos templos de papel llenos de libros aventureros, vividos, sufridos. Libros que la gente ha leído y releído, que han acompañado a gente a viajes maravillosos. Yo los he llevado por compañeros de viaje a Swansea, a Budapest, a Bristol…a todas partes. He leído libros enteros en trenes y aviones. Les he devuelto la vida, los he impregnado de olores y manchas. Porque estoy de acuerdo en que los libros nuevos huelen bien a papel y cloro, a tinta… menuda fragancia. Pero los libros de las bibliotecas son especiales. Esos, y los de las tiendas de intercambio. Ayer mismo descubrí una en Granada y no olía asépticamente como las cadenas de librerías y los grandes almacenes. Ahí olía a libros que habían sudado, guardado polvo, viajado más que yo, libros que habían desgarrado el pecho de personas a las que nunca veré, libros que han conocido a gente que ya murió hace tiempo… es maravilloso.

Muchos de esos libros, además, están manuscritos. Y doblados, y rotos, y sucios… Desde luego, no seré yo quien afirme que eso está mal. Me gusta a veces encontrar libros en la biblioteca que tienen notas de otros lectores, e incluso impresiones al comienzo o al final. Yo también lo hago si un libro me marca. Lo hice con Matar un ruiseñor y El guardián entre el centeno, por ejemplo. Escribí algo en ellos, reforcé algunas de las notas y corregí ciertos comentarios. En un acto de vanidad sin precedentes, vi el ejemplar de La traición de Wendy que hay en la Biblioteca de Granada y lo cogí para comprobar si alguien lo había leído. No recordaba que en las bibliotecas de la ciudad ya no se estila la fichita con todos los lectores en primera página, pues ahora todo se ha automatizado (menudo aburrimiento, qué poco romántico). No obstante, cuál fue mi sorpresa al encontrar marcas de lápiz en la nota aclaratoria del comienzo. Al principio me indigné, pues pensé que esas líneas eran comas donde yo había puesto puntos (sé muy bien que en ocasiones abuso de las frases lapidarias y cortas). Así pues, eché un vistazo por encima para verificar si había más escritos. No encontré nada hasta la última página, donde en la esquinita superior izquierda alguien había escrito una serie de números. No hay que ser ningún Einstein para saber que los números remitían a las páginas del libro, y en todas esas páginas encontré señaladas pequeñas citas que a alguien le habían parecido curiosas, o interesantes o imprescindibles, nunca lo sabré. Yo no creía en eso de las citas de los libros hasta que empecé a señalarlas. El resultado de la búsqueda en La traición de Wendy es el siguiente, página a página:





• 7: “Pero hay dos corrientes: la pesimista dice que si todo está hecho, para qué intentarlo; la optimista dice que todo es una copia, una compilación de cosas que ya existían.”

• 51: . “De algún modo se dio cuenta de que las lágrimas también se agotan con el abuso.”

• 123: “nunca os amilanéis delante de un hombre porque en las mujeres está la vida.”

• 164: “Alguien dijo que Dios no debería permitir que nadie muriera si no era en un día de lluvia, porque son los únicos lo suficientemente tristes para cargar con el peso de las muertes.”

• 188: “Las promesas, ésas son el único tipo. Si una promesa se cumple, es una promesa. Si no se cumple, no existe y por tanto no es nada. Las promesas se hacen para cumplirse. Si una promesa se cumple, es. Si no, no es promesa ni es nada.”

• 231: “A las personas que cuando de niños leen mucho sólo les quedan dos opciones en la vida: volverse locos o escritores, que es una forma camuflada de locura.”

Como veis, citas para todos los gustos. La cuestión no está en la improbable calidad de éstas, sino en el mismo hecho de que existan, de que alguien se haya tomado la molestia de hacer de la novela una parte de sí misma, un apéndice que le devuelve la vida a un libro que, de no ser por sus lectores, estaría abocado a tragar polvo por los siglos de los siglos, y no hay cosa más triste que un libro en toda su capacidad al que tratan de inútil.

Por eso desde aquí os animo a que compartáis vuestros libros, los prestéis a amigos, los regaléis una vez leídos (yo llevo dos años regalando para Navidad y cumpleaños mi monstruosa [en todos los sentidos] biblioteca con tal de darles una segunda vida a mis pequeños amigos de papel). Es tan fácil como eso, o ir de vez en cuando a la biblioteca, llenar la mochila de libros y llevarlos al parque, a casa, a clase… en definitiva, a que vean mundo.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Entrevista en La Biblioteca Imaginaria

Os redirijo a ella, que les ha quedado muy mona. Reincido en el entusiasmo de Pedro, el autor de la entrevista y de la reseña que colgué antes. Para llegar a la entrevista, clicad aquí

lunes, 18 de octubre de 2010

El dulce despertar de Wendy

La dulce Wendy abrió los ojos y se los restregó tras el largo sueño. Entonces recordó. Recordó a Peter Pan, a su hija Jane, recordó Nunca Jamás y que se encontraba enterrada. Ni siquiera intentó patalear o romper la lápida. Se despegó la tela del pecho y pensó en cosas alegres. Así era Wendy. Muerta como llevaba años, enterrada en el límite del Gran Desierto de Nunca Jamás, ausente, en lugar de aterrarse y gritar y arañarse la cara como hacían los demás, pensó en amapolas y besos y rayos de sol. En el olor a pan. En los cachorros de Nana. A veces suceden acontecimientos tan extraordinarios que van más allá de la lógica. Nunca Jamás era gris, puedes verlo cubierto de ceniza, sin árboles, sin animales, sin hadas… Es un sitio frío y horrible. Pero en algún lugar, en el capullo de una margarita que aún no ha florecido un hada chiquita, muy pequeñita, nace. Es verde y apenas brilla. No tiene nombre aún. Las hadas no deben tener nombre, porque cuando reciben un nombre pierden un poco de su magia. Pero esta hada es distinta: como ha nacido en una situación tan especial, le pondremos nombre. Sándalo. Se llamará así. A su paso va dejando un leve rumor, un olor delicado y extraordinario a sándalo. El olor atrae a las demás hadas. A las viejas, que llevan ocultas años entre la hojarasca junto a los ratones, y a las jóvenes, que viven en gotas de agua y forman el rocío cuando la magia se lo permite.
            Por primera vez en años comienza el Desfile de las Hadas. Atraviesan el bosque con ruido y jolgorio, como si estuvieran —que lo están— un poco borrachas. Lo van manchando todo de color y algunos animales abren los ojos y sonríen. “Hola, señor zorro, bonito pelaje naranja”. “Señor hurón, sonría un poco más y quítese las gafas, que han vuelto las hadas”. Abandonan el bosque y cruzan tooooooooodo el desierto con los surcos que van dejando, como un puñado de puntos suspensivos.
            No tardan en encontrar a Wendy, pues es la única persona en Nunca Jamás capaz de pensar en cosas alegres. Pastas de mantequilla, una gramola, libros llenos de dibujos, caracolas que hablan del mar, cosquillas, fresas maduras, zumo de uva, más cosquillas…
            —¿Y Campanilla? —preguntó Wendy a Sándalo, pero éste no la conocía. Y es que aunque Wendy y el hada luminosa habían tenido sus rifirrafes, en el fondo eran buenas amigas porque ambas querían al Niño Eterno.
            Wendy le dio una patada pequeña a la losa y ésta cedió, pues las hadas tiraban de ella con tanta fuerza que hasta lanzaban chispas. Parecían fuegos de artificio. Entonces les preguntó por los niños y Hada Madre se acercó y murmuró algo a su oído. Los ojos de Wendy se abrieron muchísimo, como si le hubieran contando una sorpresa estupenda.
            —¡Pues llevadme con ellos a más tardar!
            Las hadas, además de ruidosas, son muy desorganizadas. Cada una empezó a tirar del vestido de Wendy en una dirección contraria. A ella le entró la risa hasta que se fijó en Sándalo, tan chiquita y tímida como era, que se había colocado en la punta de su nariz y la hacía bizquear.
            —Tú me llevarás con ellos.
            —¿Yo? —dijo Sándalo muy halagada, y se puso un poco roja.
            —Vamos, llévame.
            La guiaron hasta un arroyo donde pudo darse un baño y jugar con los salmones y las truchas que hacían años que no veían unos pies a los que hacer cosquillas. Wendy se recogió el pelo —lo tenía larguísimo— en una trenza que liaron dos hadas, pero se dejó un bucle en la frente, como esos mechones que se les escapan a las niñas cuando llevan un rato jugando.
            —Vaya, recuerdo este río. Es el… ¡el Riachuelo de Kidd! ¿Qué otro podría ser, claro está? Veníamos a chapotear aquí con los Niños Perdidos y con Peter…
            A pronunciar este nombre las hadas se callaron y quedaron suspendidas en el aire: la que estaba a dos palmos del agua seguía a dos palmos del agua, la que patinaba sobre un junco ahí estaba, como si le hubieran pegado los pies, y la que se había enamorado de una mosca ahí estaba, abrazada a su moscardón negro.
            Wendy, al ver que las había asustado, silbó una cancioncilla que sabía de niña. Las hadas se pusieron a silbar con ella: las había que desafinaban tantísimo que se tenían que tapar los oídos ellas mismas, y también a las que nadie les había enseñado a silbar y sólo hacían pedorretas. Sándalo, por ejemplo, infló los carrillos, apretó los labios, cerró los ojos y sopló:
            —¡Prrrffuffiuffff…Zrrrrom!
            —¡Pero qué pedorreta más bonita! —exclamó Wendy, y todas las hadas empezaron a reír. —¡Oye! ¿Se puede saber qué haces?
            Un hada trataba de confundir a su sombra, que ya se alejaba por otro camino. El hada se encogió de hombros, le lanzó un par de besos y colocó a la sombra donde le correspondía, bien pegada a los pies de Wendy. Pasaron junto a un membrillo con unos frutos enormes, aunque no se atrevió a probarlos, ya que Wendy era buena conocedora de la acidez de una mala fruta.
            —¿Se oyen voces?
            —¡Niños! —dijo un hada, y todas lo repitieron. —¡Niños! ¡Niños! ¡Niños! ¡Niños! ¡Niños! ¡Niños! ¡Niños! ¡Niños!
            —¡Guiños! —dijo Mamá Hada, que estaba algo sorda.
            Efectivamente, eran niños del poblado. Niños Perdidos, no podían ser otra cosa. Vestían con pieles y llevaban la cara y los brazos manchados de barro y carbón. A Wendy se le aceleró el corazón bajo el pecho. Niños después de tanto tiempo. Wendy corrió hacia donde estaban ellos, pero al verla las cosas se torcieron. Empezaron a gritar y a correr hacia todas partes con gesto aterrado.
            —¡No corráis! ¡Soy Wendy, soy yo! ¡He vuelto! ¿Nadie se acuerda ya de mí en Nunca Jamás? —dijo Wendy, y sus ojos se inundaron de lágrimas.
            —Eres una mujer. Y estás muerta —dijo un niño rubio con ojos de auténtico pavor.
            Wendy se miró bien las manos y las encontró huesudas y muy blancas, y se miró las piernas y no podía ver más que el hueso y heridas sobre la piel. Y no sólo eso. Se tocó el pelo y lo notó, ya seco, muerto y desvaído. Empezaron a caer mechones. Y le faltaban dientes, y en la nariz no tenía carne, sólo hueso. No le extrañaba que se hubieran asustado tanto.
            —Pues la magia de Nunca Jamás me ha traído para algo —explicó, y les tendió la mano huesuda. —Además, tengo un hambre… ¿Dónde quedó la hospitalidad de los Niños Perdidos? Traedme ciruelas y uvas, y unos huevos y un trozo de pavo bien asado.
            Los niños comenzaron a correr en todas direcciones, y en menos de un periquete le tenían preparado un bodegón propio de un pintor flamenco. Wendy se metió una manzana en la boca, y al morder se le descolgó la mandíbula, pues el hueso estaba disuelto. Se le quedó una cara horrenda, de monstruo, pero se colocó la mandíbula con las manos y gritó:
            —Con este manjar me habéis dado una sorpresa que se me ha abierto la boca demasiado.
            Entonces todos rieron, y comprendieron que Wendy era buena. Esa noche, antes de dormir, ella les contó una historia, la historia de unos ratones. El Señor Ratón estaba preocupadísimo porque a la Señora Ratón no le gustaban nada las raíces, sólo los frutos, así que se tenían que mudar, pero él tenía vértigo y un pánico terrible a las alturas. La Señora Ratón se cansó de los tallos y raíces y le dijo que ahí se quedaba, con los señores Topo. Pasaron los días y él sólo podía pensar en ella.
            —Y entonces decidme qué creéis que pasó —preguntó Wendy, aunque casi todos los niños ya estaban dormidos.
            —Que el Señor Ratón se casó con la señora Topo —dijo uno.
            —El Señor Ratón rascó mucho, tanto que se comió todas las raíces del árbol donde vivía ahora la Señora Ratón, y el árbol cayó y pudieron estar juntos en un árbol sobre el suelo para siempre.
            A Wendy eso le encogió el corazón, no porque fuera demasiado sensible. Sencillamente ese mismo final era el que siempre contaba Jane antes de dormir. Wendy empezó a llorar y a llamar a Jane a gritos, y los niños se despertaron y empezaron también a llorar y a llamar a Jane a gritos.
            —¡Silencio! —dijo una voz.
            Todos miraron al claro de donde procedía ese grito. Peter Pan estaba ahí, con su espada en el cinto, su traje de hojas y los brazos en cruz.
            —¡Peter…!
            —Vaya, Wendy, así que nos volvemos a ver.
            —Peter Pan, ¿dónde está Jane? Ayúdame a encontrarla.
            —Yo no sé quién es esa Jane, y aunque lo supiera nunca ayudaría a nadie a encontrar a una niña estúpida.
            —Por favor, Peter. Sé que la trajiste aquí. Me lo han dicho las hadas.
            —Esas chivatas… No te fíes de ellas. Y repito lo que te dije: no conozco a Jane. Nunca Jamás sólo ha sido pisado por una  niña, y ésa eres tú, Wendy Darling.
            —¡Miente, miente como un bellaco! —dijo uno de los Niños Perdidos. —A traído a muchísimas niñas.
            —¿Alguna se llamaba Jane? —preguntó Wendy entre sollozos.
            —¿Alguna se llamaba Jane? —repitieron los Niños Perdidos entre sí.
            —Una se llamaba Jane. La primera se llamaba Jane —respondió un niño.
            —¿Mi Jane? ¿Era mi Jane, Peter Pan? —preguntó, desesperada.
            —¡No conozco a ninguna Jane! Aquí sólo has venido tú, Wendy… —al pronunciar el nombre bajó el tono de su voz —… la Única Niña que Pisó Nunca Jamás —explicó, y en este punto se acercó a ella y le tocó la cara hundida con un dedo.
            Todos los observaban absortos. Los niños, las hadas, los animales, los árboles. Algunas flores abrieron más los pétalos para no perder detalle.
            —Pero creciste, Wendy… —Ahora el que lloraba era él. —Te dije que volvería a por ti, ¿sabes? ¿Y sabes qué? Volví, Wendy, volví a la maldita Londres.
            —Chist… lo sé —susurró ella.
            —Pero tú ya… —Peter se puso de puntillas para hablarle a los ojos —tú eras una mujer. Ya no sabías, no querías volar.
            —Todos queremos volar, Peter. Todos.
            —¡Me dejaste solo! —estalló él, y toda la isla lloró.
            —Siento mucho no haber vuelto, Peter Pan. Me llegó la hora de crecer, eso es todo.
            —Pudimos ser grandes.
            —Los más grandes —acordó ella. —Lo fuimos, Peter Pan.
            Ella sonrió con dulzura, pero ya era tarde. Estaba descompuesta, estaba muerta, y aunque en Nunca Jamás no se crece, los muertos no crecen. Ya están muertos.
            —Me tengo que ir, ya para siempre.
            Todo el séquito acompañó a Wendy hasta el desierto, y cuando se disponía a entrar en esa caja horrible de madera podrida Peter la tomó de la mano y le dijo: Ven conmigo.
            Todos les siguieron. Fue maravilloso: Wendy voló por última vez hasta el Cementerio de Elefantes, cerca de las minas de Nunca Jamás. Peter posó a Wendy en el suelo con delicadeza y le dijo que esperara. Ella se sentó en una piedra a esperar, y entonces volvió a sentir el crujir del estómago. Pero ella no tenía hambre… Se levantó el vestido, se estiró y su vientre se rompió. Literalmente, la carne se abrió por el ombligo y empezaron a salir ratones de dentro.
            —Así que era esto —dijo Wendy con tristeza, y observó a los ratones perderse por sus piernas. —Un nido de ratones…
            Al poco empezaron a llegar las hadas y los niños, muy sudorosos tras cruzar el desierto.
            —¿Y te ha dejado aquí? —preguntó un tal Presuntuoso.
            —Esperaré —dijo ella, y todos se sentaron en corro. Sándalo no dejaba de hacer pedorretas, y los niños de bostezar, pues recordad que era plena noche. Así, Wendy les contó todos los cuentos que conocía, aquellos que les contaba a sus hermanos Michael y John. Estaba contando una historia aterradora sobre un cocodrilo que llevaba dentro un reloj cuando llegó Peter. No estaba solo.
            —Me ha costado encontrarla y despertarla —dijo él.
            Wendy no lloró porque sus ojos estaban secos, pero a punto estuvo de desmayarse cuando vio a la pequeña Jane en su camisón.
            —Está un poco muerta, pero algo es algo —explicó el niño.
            Así estaba la pobre Jane. Esquelética, con gusanos por todas partes, las costillas clavadas en el camisón, los huesos podridos… pero nada de eso le importó a Wendy, como a las madres no les da asco de nuestros mocos, ni de la caca de los bebés (es parte de su magia: son las únicas capaces de soportar ese olor), ni les da miedo de nuestras heridas ni de beber de nuestro vaso. Wendy cogió a Jane en brazos y la apretó tanto que se le descolgó un brazo.
            —¡Mamá! ¡El brazo!
            —Jane, mi Jane… hija mía, ¿cómo estás?
            —Muerta.
            —Yo también, Jane, pero eso está bien. Estamos juntas.
            Los niños aplaudieron a los dos cadáveres andantes como si fuera lo más normal del mundo.
            —Creía que no te iba a volver a ver nunca —dijo Jane. —Jane, cuando desapareciste yo… bueno, siempre creí que había sido Peter Pan, pero me quedó la duda. No sabes lo terrible que es para una madre no saber qué fue de su hija.
            —No me acuerdo —replicó Jane. —No me acuerdo de nada, nada. De papá ni de su cara, de los abuelos, del perro, ¿teníamos perro? De ti sí me acuerdo.
            —Porque me trajo Peter aquí, pero es mejor que no recuerdes nada.
            Jane se desvaneció por un momento entre los brazos de su madre y Peter se abrió paso entre la multitud.
            —¡Ya está bien! Se acabó el circo, es hora de despedirse.
            Jane volvió en sí, pero estaba muy pálida; Wendy también se empezaba a sentir mal. Un último ratón saltó de su ombligo.
            Peter apartó unos helechos y destapó un agujero inmenso en la tierra.
            —¡Niños, todos a dormir! ¡Hadas, no seáis tan pesadas! De vuelta a vuestro sitio.
            Todos los niños abrazaron a Wendy y le dieron las buenas noches, y las hadas le besaron las mejillas y le dejaron la cara brillante, como cubierta de purpurina. Cuando se quedaron los tres solos, Wendy habló con Peter:
            —¿Por qué haces esto, Peter?
            —Porque he sido malo. Algunos días me despiertan las pesadillas, Wendy. Y me acuerdo de cosas que ni siquiera he hecho, y es como si viera a alguien que se me parece mucho hacerlas. Y yo no quiero ser malo, Wendy.
            —Tú no sabes ser malo —bromeó ella.
            Jane observaba asombrada lo bien que se llevaban Peter Pan y su madre, tal y como siempre le había contado… aunque no se acordaba muy bien.
            —Buenas noches, Jane —dijo Peter, y le tendió la mano.
            Jane lo besó en la mejilla y sonrió en silencio.
            —Buenas noches, Wendy —dijo el niño, y volvió a tender la mano, pero ella tiró con fuerza.
            —Buenas noches, Peter Pan —dijo, y le plantó un besito en los labios. Para el que no conozca el tema, Wendy Darling había nacido con un beso en la mejilla. Ese beso habría de ser para Peter, claro está.
            —Un dedal —articuló él en silencio, y el recuerdo, la memoria por estímulos, Proust y Freud y demás historias, hicieron que se sintiera un poco mareado. —Podéis dormir aquí juntas.
            Les señaló el agujero en la tierra que todo, un detalle, había llenado forrado con césped verde y tierno. Madre e hija entraron, se abrazaron y se quedaron dormidas como dos amantes, una contra la otra. Peter arrastró entonces una losa blanca, de mármol, y la colocó justo encima. Oyó a los lobos y los coyotes lejos, pero le importó bien poco. Tomó una piedra afilada y se sentó sobre la tabla, pero oyó un zumbido y tuvo que levantarla por una esquina. Entonces salió volando un hada verde, que había aprovechado para dormirse un poquito sobre el césped, y se alejó abochornada. Peter aprovechó esos centímetros para mirar los rostros serenos de Jane Haggard y Wendy Darling, la Niña que lo Cambió Todo, y cerró para siempre.
            Esa noche, Peter Pan no durmió. La pasó entera tallando sobre el mármol: WENDY DARLING con su letra infantil. Cuando amaneció y el calor empezó a molestarle, Peter Pan abrió los ojos completamente desorientado. Miró la tumba con indiferencia e imitó el canto de un gallo:
            —¡Quiquiriquí!
            No recordaba nada. Sólo podía pensar en una cosa: cuando llegara la noche, volvería a Londres. Wendy Darling había dicho que sí, que le gustaría vivir con él en Nunca Jamás, y cumpliría su promesa. Vaya si la cumpliría.

           
           
En el límite del desierto, el chamán trataba sin éxito de despertar a Tigridia, pero la jefa seguía ida del todo, con los ojos en blanco y ese murmullo ininteligible. Le sostuvo las manos entre las suyas una luna, dos lunas, muchas lunas, pero habría de pasar todo un año hasta que Tigridia volviera en sí del coma. Nunca sabría si el esfuerzo había resultado.

viernes, 13 de agosto de 2010

The girl who didn't grow up


All children, except one, grow up. Of course there are exceptions, like the story of Anna O'Toole. She didn't grow up either: she grew down, if that's possible. On her 10th birthday, she started getting smaller and smaller. That's a real problem when children get smaller: they can't go to bed unless they hop really high nor can they brush their teeth except in the dog's plate. Despite everything, the worries of her parents and her little size, Anna was truly happy. Every night, when the clocks were striking twelve and she was deeply asleep and all the adults of the town were having fun at a party, every night, I'm telling you,a fairy as small as Anna came down the chimney and went into Anna's bedroom. This fairy whose name we won't know was a good fairy -don't forget that fairies can be very selfish and jealous- the good fairy lay by her side and let her stardust escape in dreams. That's why Anna was getting smaller and smaller: eventually she'd become another fairy.

However one night, during her dreams, the fairy suffered a nightmare and woke up crying. That's how Anna became aware about what was happening to her. Moreover, she was really annoyed at the fairy as that very night she was having a wonderful, delicious chocolate-taste dream.
'What are you doing here, little bug?', she asked.
'I'm so sorry, Your Majesty. Peter Pan sent me'.
'Your Majesty? Who's that Beedle Pan?', she said.
'Peter, not Beedle. Peter Pan is the Boy Who Never Grew'.
'That's a nice explanation, little bug. I don't believe you'.
'But-.'
'You're trying to poison me. Confess. Now'.
'Never! For Hook's sake!', said the little fairy. 'But promise you'll never tell or...'
'Or what?'
'Or it will be the end. And this time... for good'.
'Then tell me what I am supposed to do. I'm a good girl'.
'You're such a special girl!'
They were both smiling in the darkness of the bedroom. A sparkle crossed the fairy's eyes.
'You should come with me to this marvelous Kingdom of Neverland'.
'Neverland?'
'A-ham. With the mermaids and the pirates and flamingos and... well, all that stuff'.
'May I go with you'.
'You're coming with me. But don't tell Peter about my slip. I've been coming to look for you for almost thirty nights. But after the journey from Neverland here I go in the bedroom, look at you and I feel really sleepy, so I fall asleep. In the morning, some naughty sunshine wakes me up and I go back and Peter gets so desperate. But today'.
'Let's go before it's too late or my parents wake up. How do we get to Neverland, little bug?'
'Flying, of course!'
'Of course!', said Anna, and followed the fairy all along the purple and velvetine sky. Obviously, when they got in to Neverland everyone was expecting their arrival. Everyone but Peter Pan.
'Where's Beedle Pan?', asked Anna.
'He's at home. Shhh... he may be sleeping'.
Anna followed the fairy into a hole in the ground and they fell in a small cave. There was someone in there.
'Who's there?', said a male voice.
'It's me, dear. I finally got the girl'.
'Oh, that's gonna be real fun today. We'll celebrate with a party, Tinkerbell'.
'I'm not that stupid Tinkerbell', said the fairy completely offended.
And right after that, Peter Pan, believe it or not, stepped forward into the light, and he wasn't a boy who'd never grown up at all, but an old, wrinkled and white-haired child, if that's even possible. I can only say that Anna never came back.


the END

jueves, 1 de julio de 2010

La cueva de Jose


SPOILERS GORDOS

Vamos al capítulo 3 de la novela. A "Cien días". A la cueva. A mi cueva...
Escribir La traición de Wendy fue fácil. Venderla, también. Después de todo, bastaba con coger la historia original y reescribirla dándole un toque macabro-oscuro-terrorífico. Por tanto, los ingredientes ya estaban ahí: Peter, Nunca Jamás, indios, Campanilla, polvos mágicos, etc. Fácil. Pero no existía una cosa. No existía la cueva. La cueva es la locura y la primera certeza de que Peter Pan está loco. La cueva supera con creces el resto de lugares en la isla. ¿Por qué? Porque su terror no es del tipo de terror que te hiela el pulso, sino del que te incomoda porque es plausible. Después de todo, queríamos una historia honesta, ¿no? Y con toda probabilidad el capítulo se trata de un batiburrillo de lugares comunes y escenas grotescas de otras obras. De esto me he dado cuenta a posteriori: las uñas en las paredes de roca ya aparecían en El silencio de los corderos; la lengua negra por la sed, en El médico (Noah Gordon), y me da que para el resto de elementos no hay que investigar demasiado.
Los seres humanos hoy en día estamos tan tan TAN acostumbrados al horror que un pozo escupiendo cadáveres de niñas en descomposición puede que nos deje indiferentes. O las ratas corriendo entre los cuerpos, las calaveras que sirven de cuencos... Sin ir más lejos, la semana pasada nadaba en el mar cuando, a veinte metros de la orilla, vi algo flotando y resultó ser la piel entera de una berenjena. También vi un poco más tarde otra cosa flotando que resultó ser el lomo de... ¡espera, un rabo largo y patitas!... una puta rata muerta. En el agua, a un metro de mí, sí. Huí horrorizado, nadé como nunca. ¿Eso da miedo? ¿Una rata ahogada da miedo? No, da asco, da tanto asco que nos parece miedo. La cueva es una sucesión de asco y desesperanza. Las vidas de las niñas que se apagan lentamente, como la batería de un móvil olvidado en un cajón. Las apariciones de Peter Pan loco, sus amenazas, los berridos de Desdeñoso. Hay muchos ingredientes para darle forma al miedo: cosas tan elementales como la desnudez, como la escatología, el devenir de la materia que se descompone. Pero recordemos que siempre hay algo peor. Cuando me encontré la rata lo primero que hice fue nadar, y una vez en la orilla, cuando se me habían pasado las ganas de vomitar y el corazón me latía con ritmo reposado, en ese momento pensé, y disculpen la frivolidad: "Podía haber sido peor, podía haber sido un bebé".
¿Veis? Siempre cabe algo peor. Por eso cuando Ruth salió de la cueva me sentí muy perdido, tanto que volví a ese lugar, a ese infierno en varias ocasiones. Porque después de la locura no cabe más que cierta lucidez. O volver a la locura. Total, que cuento esto porque todo el mundo menciona el capítulo tres con especial énfasis, y me alegro porque puedo decir que la cueva es 100% mía: hay a quien le encantó el capítulo, a quien le horrorizó y hay quien tuvo que dejar la lectura a esa altura del libro (hechos probados),y en mi caso, amigos, he de decir que me fascina. Pero es mi culpa, ya que estoy curado de espanto y si eso ha salido de mi mente, cosas peores puedo crear. No me horroriza nada. A ese punto hemos llegado. Ahora bien, decidme que ese apartado en el capítulo dedicado a la escena de la muerte de Belle no valía la pena tras un subcapítulo de seis o siete páginas de infierno. Eso es un golpe de efecto. El pozo...
Ay, el pozo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Las piezas que a veces componen el cuadro


Cuanto más piensas en algo, más recovecos le encuentras, más perspectivas, más lecturas, más planos... Pensando en La traición de Wendy me he dado cuenta de varios detalles, muchos de ellos incluidos inconscientemente, que constituían consejos que nos dio el escritor Juan Madrid hace un año. Dijo que un buen personaje debe tener un pecado y una meta/misión. Con esas dos características debería funcionar. Bien, el pecado de Ruth es su ingenuidad y la culpa que se desprende de ella. Su meta, su fin es cuidar de su hermana y volver a casa antes de que sus padres sospechen, cuando no dejar de crecer. También nos dijo que en un relato debe existir un conflicto. El conflicto debe estar una vez bien desarrollado el libro. Si bien en La traición de Wendy se precipita, más adelante surgen nuevos conflictos. Ya os hablé de los distintos géneros de los que se compone la novela, pero había pasado por alto un género inclasificable, más bien la característica fundamental. Ruth, a lo largo de su periplo, tendrá que recomponer la historia, los años que transcurrieron desde que Peter acompañó a los hermanos Darling a Londres hasta que la propia niña llega a Nunca Jamás; después, será ella quien escriba la Historia. De este modo, Ruth se topa con diversos personajes y situaciones que la ayudan o dificultan más su meta, tal y como nos aconsejó también Juan Madrid. También sirve cada escalón para sumar una pieza al rompecabezas, para quitar una errónea y corregir con nuevos descubrimientos. El viaje iniciático de Ruth alcanza su culmen, desde mi punto de vista, en el centro de la novela, que es donde debe darse un acontecimiento imprescindible, y hacia el final. Claro que lo de los finales es algo muy personal: años de ver series de televisión me han llevado a la idea (probablemente errónea) de que al final de cada capítulo debe existir un golpe de efecto, un pequeño vuelco del corazón, y ya el final tiene que ser la leche. APOTEÓSICO. No sé hasta qué punto logro los objetivos que me marco, pero desde luego esto es aún más divertido con cada pequeño reto, con cada nimiedad de obstáculo. Eso es todo por hoy y os desvelo: lo siento, queridos, pero en mi novela no aparece el famoso cocodrilo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Lo que le pasó a Peter...


Lo único que hemos aprendido todos es el daño que puede provocar la decisión de una sola niña aparentemente inofensiva.

martes, 9 de febrero de 2010

Vamos a contar verdades

Una de las mejores películas españolas que he visto es bastante similar en tono a mi novela, El espíritu de la colmena de Víctor Erice. Una auténtica maravilla. Infancia y terror mezclados con la amarga realidad. En una escena preciosa, Ana (Torrent) y su hermana corren por un prado hacia una hacienda desierta mientras suena la canción.



Primero, la poesía. A lo que íbamos: Peter Pan era un hijoputa en el original, aunque como todo el mundo recuerda sólo la edulcorada versión de Disney, han olvidado las implicaciones oscuras que tiene la novela de Barrie. Así pues, voy a dar unas pistas con HECHOS que suceden en Peter y Wendy, cosas que, queramos o no, sucedían en el original, en la cuna de sueños de J.M. Barrie. Qué perturbación, qué oscuridad, esconde el mito del niño que no quería crecer...

1. La sombra de Peter Pan trataba constantemente de alejarse de él. ¿Casualidad? Ni mucho menos, creo que la sombra estaba asqueada de arrastrar a diario con el sucio niño volador.

2. La presencia de Campanilla no era tan importante en un principio. Se trataba de un hada, sí, pero las hadas en el libro no eran más que luces, o así lo era al menos la amiga de Peter, un haz de luz femenina. Campanilla quería a Peter, y nada más llegar a Nunca Jamás Wendy y sus hermanos, la criatura intenta matar a la niña en un acceso de celos.

3. En un principio, decía, las hadas no eran tan importantes. Pero cuando se estrenó la obra de teatro en Londres empezó a haber una ola de muertes infantiles debido a que los niños saltaban por las ventanas y balcones con la esperanza de poder volar, ya que en la primera versión de la historia no hacía falta el polvo de hada, bastaba con la imaginación. Por eso Barrie se vio obligado a intervenir con ese cambio.

4. En Nunca Jamás hay muertes y muertes y más muertes. Aparte del intento de asesinato frustrado contra Wendy, en la novela se da todo un genocidio contra los Pieles Rojas por parte de los piratas. Sí, un problema extrapolado de la realidad americana a esta ficción ¿infantil?

5. También mueren niños, muchos niños. Niños Perdidos. En la descripción de Nunca Jamás se nos cuenta que el número de niños varía en función de muchos factores, de si los matan o si crecen, ya que al incumplir una de las reglas de la isla Peter se tiene que deshacer de ellos; o comienzo o los matan los piratas, ya que Peter los alienta a "ir de aventuras a matar piratas" y maneja con su irresponsable indiferencia los hilos de la guerra entre niños huérfanos y fornidos piratas armados hasta las cejas. Y afirma, el sinvergüenza: "Me olvido de ellos cuando los mato". No hay remordimientos, nada.

6. Peter Pan no quiere a Campanilla. Eso ya lo sabíamos, pero al acabar la novela, cuando han vuelto a Londres y Peter hace una visita a los Darling, Wendy le pregunta que cómo está Campanilla, a lo que él responde que quién era Campanilla. "¡Un hada, Peter! ¡Era el hada que nos salvó la vida!" "Es que hay tantas... ojalá ya no esté". Y es más, el propio narrador afirma que las hadas no viven demasiado. ¿Nos da a entender que Campanilla muere?

7. Garfio no es un patán, un bufón que alivia el terror que provocan los piratas. Garfio es un auténtico capitán pirata hambriento de odio y ávido de muerte. No le importa ensartar niños con la espada uno tras otro. De hecho, en su primera aparición Garfio ensarta a uno de los suyos con el garfio.

8. En un punto de la novela cuando los piratas atrapan a Peter y lo atan a una roca a la espera de que la marea ahogue al niño eterno, Peter no teme a la muerte. Es más, grita henchido de valor: "¡La muerte será una aventura realmente grande!" WTF?

9. Las hadas pueden morir con el mero hecho de que un niño diga: "No creo en las hadas". No es de extrañar que siempre que Campanilla se refería a Peter lo hiciera con el sobrenombre "Tonto" (silly en el original)

10. Por no hablar de la lectura pedófila que pueda tener todo el libro, ya que aunque en la época en que se escribió no era tan extraña la fascinación por los niños, a los autores de clásicos infantiles (Barrie, Carroll...) se les ha encumbrado desde círculos pedófilos como "padres de la causa". Recordemos además que Peter Pan simboliza la virginidad sexual y emocional del ser humano y no querríamos pervertir su mundo. ¿O sí...?

miércoles, 3 de febrero de 2010

¿Qué es este baile de géneros, Jose?


La traición de Wendy es, en el fondo, una historia de amor. La propuesta nace como tal, aunque derivó en una historia SOBRE el amor. Puestos a etiquetar, hay elementos de terror y drama, incluso cierto enfoque metaliterario (las referencias son evidentes). Terror porque era el único modo posible de narrar esta historia y otorgarle cierta verosimilitud. Dice Stephen King en su espléndido libro-ensayo sobre el terror Danza macabra que al abordar el género hay tres herramientas, tres caminos que van de mayor a menor sutilidad. En definitiva, el mensaje es: si no consigues dar miedo por las buenas, dando a intuir el terror, con buen hacer, recurre a las entrañas. Ya saben, tripas, sangre, uñas partidas… elementos próximos al gore y al macabrismo (menudo palabro) que al terror funcional, pavor, presentimiento. El drama, venía diciendo, era también evidente siendo mis fuentes culturales eminentemente dramáticas: siempre preferí Urgencias a Friends. Ya que estamos de quirófanos y matasanos, vamos a un terreno resbaladizo. Si la bondadosa e inevitable Peter Pan derivaba en el Síndrome de Peter Pan o peterpanismo, esa excusa a la que todo hombre se aferra para defender su falta de madurez, su indisciplina innata; si en Peter Pan ocurría esto, de La traición de Wendy se deriva otro síndrome no menos curioso.

In memoriam -Susanne