Al final de Peter y Wendy, la niña le promete a Peter Pan que no crecerá, que será una niña para siempre.
Unos años más tarde conocemos a otra niña. Ruth Kenthon tiene 13 años, lee a todas horas y vive en Londres. Una noche la despierta la inesperada visita de un niño en busca de su sombra perdida. Ruth, su hermana Kate y Peter emprenden el viaje a Nunca Jamás, el lugar ideal para afrontar el miedo a crecer, al olvido, al amor y a la muerte. ¿Puede la promesa de una niña dictar el destino del País de Nunca Jamás? ¿Es verdad lo que cuenta Peter sobre la isla? ¿Quedan piratas por combatir e indios a quienes salvar? En la traición de Wendy se encuentra la clave de todas estas preguntas, pero como Wendy haya crecido no habrá vuelta atrás.
Una novela oscura que ofrece múltiples preguntas y respuestas, sorpresas, lágrimas y corazones encogidos.

viernes, 26 de julio de 2013

La traición de Peter

A Marco, escéptico profesional

La primera noche tras volver de Nunca Jamás, Wendy durmió plácidamente. En su cuarto de Londres, soñó con Peter Pan y las hadas, que era una india y luchaba con piratas, soñó con el cocodrilo que una vez se tragó un reloj, y también  que esquivaba cañonazos entre las nubes. Mientras tanto, en sueños, la niña flotaba a tres palmos de la cama.
                La primera semana fue fácil. John y Michael no dejaban de aburrir a Nana con sus historias acerca del Capitán Garfio y su fiel secuaz, Smee. La perra los observaba con mirada aburrida y volvía a su caseta con la esperanza de que la dejaran tranquila. También los señores Darling asistían emocionados a esa inesperada nueva fascinación de sus hijos por la hora del sueño. Lo que antes eran quejas y llantos se había convertido en una lucha desesperada de los niños por ir a la cama; no habían terminado de cenar y ya rogaban a sus padres que les permitieran irse a dormir, pues en el fondo anhelaban que el niño eterno volviera una noche con su polvo de estrella a arrastrarlos al país de Nunca Jamás.
                Por la mañana, lo primero que hacía Wendy era correr a la ventana para comprobar que no había rastro del polvo de hada necesario para volar. Por las noches, dejaba el pestillo de la ventana abierto con un deseo en el corazón. Esfuerzo inútil, pues la señora Darling entraba todas las noches a darles el beso que todos los niños necesitan para dormir bien, y siempre aseguraba la ventana y la cerraba a cal y canto. A la señora Darling pensar en Peter Pan le provocaba escalofríos.



Al décimo día, Wendy le escribió una nota a Peter. Aunque estaba llena de faltas de ortografía y tachones, le importó bien poco, pues Peter Pan no sabía leer; tendría que ayudarlo un hada espabilada, como ésa amarillita y celosa que siempre lo perseguía… Campanilla, eso, seguro que Campanilla sabía leer.
                Dejó la nota atrapada entre el cierre de la ventana. En la carta había un beso de niña para que Peter no la olvidara, aunque Wendy se temía que una ventolera como las que azotaban Londres todas las noches de frío se llevara el beso a cualquier otra parte, a saber, a un canasto de gatitos, al nido de un búho malhumorado o a la cubierta de un barco pirata. La cuestión es que a la mañana siguiente la nota había desaparecido, no sólo el beso. Eso, y que la décima noche tras volver Wendy ya no flotaba en sueños, al contrario que sus hermanos.

En un calendario en el despacho de su padre, Wendy marcó la fecha exacta en la que Peter habría de volver, justo para la Limpieza de la Primavera un año después. Con una pluma grabada con el nombre del señor Darling, la muchacha cada día hacía una pequeña muesca bajo los números y contaba los días y restaba los días y creía volverse loca. Y cada día Wendy pasaba más tiempo junto a la ventana mirando con un suspiro contenido en la garganta. Pero Peter no daba señales de vida.
                A pesar de que los días pasaban, primero el verano con su fino manto de lluvia y el aire limpio, más tarde un otoño especialmente naranja, seguía sin haber señales de Peter Pan. Una mañana en la que Wendy se encontraba especialmente desolada, el pequeño Michael se acercó a preguntar el motivo.
                -Pensaba en Peter, ojalá venga un día de estos…
                -¿Qué Peter? –preguntó Michael con la frente arrugada.
                -¡Oh, Michael! Pues Peter Pan.
                Pero el niño no reconocía ese nombre.
                -No es posible que te hayas olvidado de Peter Pan, de Campanilla con su luz, del fiero Garfio al que le arrancó una mano el cocodrilo, de la princesa Tigridia. ¿No te acuerdas de Nunca Jamás?
                Michael negó con la cabeza. Los niños, al fin y al cabo, tenían la memoria corta, se dijo Wendy.

El siguiente en olvidar fue John, que no lograba recordar sus gestas a lomos de un flamenco por mucho que frotaba el cristal de las gafas, que es donde guardan buena parte de sus recuerdos los miopes. Por eso se propuso Wendy aleccionarlos, y cada día, al volver de la escuela, los hacía sentar en un pupitre a cada uno y les contaba con todo lujo de detalles las aventuras de Nunca Jamás. Entre sus lecciones, estaban la Anatomía de un Hada, las Leyes de los Niños Perdidos o Cómo Fumar la Pipa de la Paz. Sin embargo, la que más disfrutaban los hermanos Darling eran las Guerras Piratas, ya que Wendy les pintaba las caras como si fueran indios o perversos corsarios y gritaban y jugaban y llamaban la atención de los niños de todo el vecindario. Pronto todos los niños de Londres se habían convertido en indios y piratas sin que sus padres o los médicos más caros encontraran cura para esa extraña enfermedad.

De todos modos, no todos los padres eran tan tolerantes con los juegos de sus hijos. Por ejemplo, George Darling se ponía de los nervios cuando llegaba de la oficina y, en lugar de los besos y abrazos de sus hijos, lo recibía una lluvia de flechas.
                -¡Ya está bien, Wendy! ¡Se acabó el juego!
                Volvió a insistir en lo de siempre; era la hermana mayor, debía comportarse como una señorita y dejar de llenarles la cabeza de pájaros a sus hermanos. Pronto cumpliría trece años y era hora de buscarle su propia habitación. Por eso cuando aquel día volvió de la escuela y encontró un dormitorio perfectamente equipado para ella, se rebotó. En secreto, los señores Darling habían transformado la sala de costura de mamá en un dormitorio para Wendy. Ahí estaban sus libros y sus muñecas, pero también una cama con dosel y mantitas de color rosa y paredes de color salmón. No había ventana.
                -¿Y cómo va a entrar Peter Pan si viene a por mí?
                -Cariño –dijo su madre -, Peter Pan no va a venir.
                -¡Sí que vendrá, sí que vendrá! –gritó ella, y se encerró en su habitación sin ventanas a planear una solución.

-Estoy puede valer –dijo Wendy mientras contemplaba su obra.
                Con una tiza blanca había dibujado en la pared más grande una ventana lo suficientemente alta para que pudiera entrar un niño no demasiado pequeño ni demasiado grande, pero lo suficientemente baja para que no entrara un pirata. La dibujó con todo lujo de detalle: el alféizar para apoyar los pies, las cortinas para la luz y las sombras por la noche, las contraventanas siempre abiertas… Dibujó incluso una rejilla muy fina para que se desplazara la sombra de Peter, y justo en un rincón de su dormitorio la niña Wendy dibujó un armario para sombras, por si alguna se perdía y no sabía demasiado bien dónde meterse.
                Por supuesto, en cuanto su madre vio los dibujos sobre la pintura salmón puso el grito en el cielo, pero no dijo nada para no enfadar al señor Darling. Además, a Nana le encantaba echarse la siesta junto al armario de sombras. 

Cada día, a Wendy le resultaba más difícil recordar a Peter: el color de su pelo, ¿sería rubio o era pelirrojo?, de sus ojos, si tenía o no pecas, si tenía las manos grandes como un gorila o pequeñas como una ardilla, el sonido de su voz… ¿Sería la voz de Peter una de esas idóneas para cantar nanas con dulzura o una de esas que aterran a los monstruos debajo de la cama con una sola orden? ¿Por qué estaba tan empeñada en recordar a aquel niño con el que sólo había compartido una noche de aventuras hacía casi un año? ¿Por qué si John y Michael lo habían olvidado seguía ella empeñada en recordar a Peter? “La promesa”, se decía, “acuérdate de la promesa…”, aunque resultaba inútil; apenas lograba recordar al niño, como para recordar una promesa, ¡menuda idea de locos!
                En noviembre, Wendy cuplió al fin trece años. La señora Darling la despertó temprano con una cajita entre las manos.
                -Cariño, feliz cumpleaños –dijo, y abrió la cajita. Cuando la abrió, de los labios de Mary Darling se escapó una pequeña exclamación, como un oh de sorpresa de color naranja.  –Estos pendientes me los regaló la abuela cuando cumplí trece años, y ahora te los regalo yo a ti. Son unos pendientes muy especiales, de mujer, no de niña, tendrás que cuidarlos con muchísimo cuidado.
                -Yo los cuidaré, mamá. ¡Lo prometo por Nunca Ja… lo prometo por los cachorros de Nana! –dijo, y sostuvo la cajita. Los pendientes tenían forma de hoja de árbol aunque eran plateados.
                -A la abuela se los regalaron cuando era una niña y los guardó con mucho cuidado hasta que me los dio a mí. Ahora es tu responsabilidad cuidar de ellos.
                Wendy asintió en silencio, tan seria como pudo ponerse para que mamá confiara en su madurez. Ahora era responsable… Qué palabra tan importante. Cuando la señora Darling salió del dormitorio, Wendy se acercó al espejito en su lavabo y se probó los pendientes. Se recogió el pelo con su cinta blanca alrededor de la frente, como una india, y los pendientes parecían hojas de verdad arrancadas de un árbol de plata. Después de un rato, cuando se quitó el camisón y se vistió con el vestido nuevo, se quitó los pendientes y los guardó en su cajita de tesoros, una pequeña cajita que escondía junto a la pata de la cama. Era secreta porque sólo la conocían ella y Nana. Dejó los pendientes en la cajita y se fijó entonces en un pequeño dedal sucio. Lo cogió sin pensarlo y, sin pensarlo tampoco, se lo llevó a los labios. Se mareó un poco, lo justo para sentír el aleteo de las mariposas que guardan en la tripa todas las niñas de trece años.
                Luego, cuando mamá trajo a la mesa el pastel de merengue y limón, papá le tendió un papel y le dijo que escribiera en él un deseo para soplarlo y que se hiciera realidad. Dos promesas danzaban en su cabeza como pájaros enormes y torpes, pero sabía que sólo una de ellas podría ser su deseo y hacerse realidad: “Deseo no crecer”, escribió, y mientras su deseo se arrugaba con el fuego sopló con todas sus fuerzas.

Para Navidad, Wendy era casi un palmo más alta que el invierno anterior. Los abuelos, los padres de la señora Darling, se mudaron a casa unos días y Wendy tuvo que abandonar su habitación y volver por ese tiempo al dormitorio de John y Michael.
                -¿Sabéis? –les dijo esa noche. –Me he acordado mucho hoy de Peter Pan.
                -¡Cállate, que me estoy dormido! –dijo Michael, que abrazaba con fuerza a su osito.
                -Se dice me estoy durmiendo –lo corrigió ella. -¿No os acordáis de él?
                -Sí nos acordamos –dijo John, aunque Wendy sabía que mentía para que los dejara dormir tranquilos.
                -Porque es Navidad, ¿sabéis?, y en Navidad los niños comen con sus familias, pero Peter Pan no tiene padres, ni tampoco los Niños Perdidos, ellos son todos huérfanos, sí, son huérfanos, y además están los piratas y hace frío y si hacen un fuego podrían encontrarlos. Ojalá Peter viniera cualquier noche, le diría que cenara con nosotros, yo seré su madre y le serviré la comida y le cantaré al dormir, yo lo adoptaré, y lo…
                Wendy se durmió enseguida. Pero esa noche, justo esa noche, flotó un poco por encima de la cama.
                La cena de Nochebuena fue un festín. Había un pavo enorme y pan blanco y dulces galeses que habían traído los abuelos. La señora Darling había preparado una limonada con miel para todos, y el señor Darling devoró un muslo de pavo con las manos, como si volviera a ser un niño o esa noche los modales no le importaran demasiado.
                Nada más verla, la abuela se llevó las manos a la boca para indicar lo sorprendida que estaba con esa Wendy que bajaba con su vestido de terciopelo granate.
                -Esos pendientes –dijo en un hilo de voz. –Casi lo había olvidado. Oh, querida, esos pendientes…
                Los ojos de la abuela se habían cubierto de lágrimas.
                -Peter Pan –susurró, y Wendy se quedó muda. La abuela le guiñó un ojo y prometió que más tarde le contaría su historia
                La noche de ese mismo 24 de diciembre Wendy les contó a sus hermanos la historia de San Nicolás, ese anciano bonachón que traía regalos a los niños que se habían portado bien. Michael y John discutieron vivamente sobre quién se había portado mejor, pues temían quedarse sin regalos. Wendy, por su parte, estaba convencida de que esos niños que habían vivido como indios y habían disparado flechas y luchado contra piratas, que habían trotado a lomos de flamencos y olvidado sus juguetes preferidos en cualquier rincón, esos niños que hacían rabiar a la vieja Nana se habían portado de todo, menos bien. Así se lo hizo saber a ambos, que se durmieron enseguida. Todo el mundo sabe que la noche del 24 todos los niños son buenos.
                Sin embargo, Wendy no podía dormir demasiado bien. Se le hacía raro dormir en un dormitorio con una ventana de verdad, no sólo de tiza. A través de las cortinas se entreveían algunas estrellas. Cuando Michael y John estaban dormidos, Wendy se levantó silenciosamente de la cama y avanzó hasta la ventana. Recordó aquella vez en que había volado y trató de memorizar el camino a Nunca Jamás. “La segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer…”. Tampoco sería tan fácil. Aunque no tuviera polvo de hada, bastaría con creer, sobre todo ahora que era Navidad y los sueños se cumplían. Se puso de pie en el alféizar, las ventanas abiertas de par en par. Nevaba. Los copos de nieve se enredaban en sus rizos. Cerró los ojos y dio un paso. Su pie palpó el vacío y se asustó. Los niños asustados, claro está, no pueden volar.
                Cuando se disponía a cerrar la ventana, creyó oír la voz de la abuela. Hablaba con mamá:
                -Fue en Nochebuena, Mary, lo recuerdo como si fuera ayer…
                -Mamá, deja de decir tonterías… Peter Pan no existe.
                -¿Cómo te atreves a decir eso?  Tú misma lo viste, tú misma lo abrazaste cuando te devolvió a los niños sanos y salvos. ¿No estarás celosa después de estos años?
                -¿Por qué a mí no me llevó a Nunca Jamás?
                Del interior, llegó la voz del señor Darling reclamando a las mujeres de la casa. La abuela o la señora Darling cerraron la ventana, y Wendy hizo lo mismo. Aún le temblaban las piernas. ¿Qué secretos guardaban todas las mujeres de su familia con Peter Pan? ¿Volvería a verlo? Tardó en dormirse, pero soñó con él. San Nicolás no trajo regalos.

El invierno pasaba fugaz, los niños crecían sin remedio. John había empezado a peinarse con raya a un lado, y Michael ya no llevaba tirantes, sino un cinturón. Wendy limpiaba meticulosamente todas las mañanas sus zapatos de charol, y justo después tachaba un día más en el calendario del señor Darling. Había hecho nuevas amigas en la escuela, y tenían por costumbre quedar a tomar té en casa de cada una. Aquella tarde se reunieron en casa de Wendy. Mary Darling les sirvió té y pastas, y las dejó solas.
                -¿Habéis leído lo de las hadas de Cottingley? –preguntó Alice.
                -¿Qué hadas? ¿Qué niñerías son esas? –respondió Faith.
                -¡No son niñerías! Unas niñas las vieron y tomaron fotos de ellas, lo sé porque mis primos viven en Cottingley y vieron las fotos.
                -¡Vamos, Alice! ¿Hadas? Hablas como si tuvieras cinco años. Seguro que tú no crees en las hadas, ¿verdad, Wendy?
                -No, yo no creo en las hadas –confesó Wendy.
                A doscientos treinta y seis kilómetros, una pequeña hada de color azul llamada Savia se apagó para siempre.

Así transcurrió un año. La llegada de la primavera pilló por sorpresa a las flores, que se desperezaban muy despacio con los rayos de sol. El sol les hacía cosquillas en los pétalos y se ruborizaban, de ahí su vivo color. Wendy entró en el despacho de papá y descubrió que al fin llegaba la primavera.
                -¡Es primavera, papá! ¡Vamos al parque!
                Pero el señor Darling, como todos los padres, tenía que trabajar. Wendy hizo bocadillos y llevó a sus hermanos al parque, cerca del lago, y les dijo:
                -Allí, muy lejos, en medio del agua, está Nunca Jamás. Está tan lejos que nadie ha llegado a ella nadando, claro está, y sólo se puede llegar volando. Estad atentos, porque con la primavera nacen muchas hadas. ¡Les encanta el calor! Con lo glotonas que son no dejan de comer rayos de sol. ¡Mirad bien entre las flores! ¡Venga, Nana, olfatea y búscalas!
                La perra bostezó y se tumbó a lo largo del césped, pero Michael y John se pusieron a gatear con la cabeza a ras de suelo, mirando bien detrás de cada flor y debajo de cada piedra. Wendy daba órdenes con los brazos en cruz porque, explicó, las hadas eran especialmente tímidas con las niñas, pero los niños… ¡les encantaban los niños! Aunque había que tener cuidado, porque las hadas eran muy enamoradizas.
                Después de toda la mañana buscando, mientras se comían sus bocadillos, John hizo una pregunta de lo más inteligente:
                -Oye, Wendy, si a Nunca Jamás sólo se llega volando… ¿cómo llegó Peter Pan?
                -Te contaré la historia, pero sólo si prometéis guardar el secreto, porque Peter me lo contó y los secretos son secretos. Prometedlo por el Ave de Nunca Jamás.
                -Lo prometo –dijo John.
                -¡Lo prometo! –repitió Michael, con los ojos abiertos de par en par.
                -Porque como rompáis vuestro secreto, os crecerá una nariz de cerdo y un rabo retorcido. –Los hermanos Darling negaron aterrados con la cabeza. –Veréis, Peter Pan llegó aquí, a los Jardines, volando, porque los niños, cuando nacen, aún son medio pájaros y pueden volar, pero nada más llegar, un cuervo le dijo que ya era un niño. ¡Peter no podía volar y volver a casa, y estaba en cerrado en los Jardines de Kensington de noche! ¡Qué terrible para un niño tan pequeño!
                Michael empezó a llorar, pues no quería perderse en los Jardines y hablar con los pájaros.
                -Pero Peter Pan, que era muy listo, vio un nido enorme abandonado, y ni corto ni perezoso lo lanzó al agua y se metió dentro. Entonces, navegando durante toda la noche en el nido, llegó al misterioso País de Nunca Jamás. Allí, como se hizo amigo de las hadas, al fin podía volar.
                Nana empezó a comerse el resto de los bocadillos, y como buena niñera, recogió a los niños y los llevó de vuelta a casa antes de que oscureciera y cerraran las puertas de los Jardines. La señora Darling se llevó un buen disgusto cuando los vio tan sucios y los obligó a darse un baño con agua caliente y a que Nana los frotara bien. Luego les sirvió la cena y esperó a que comieran. Wendy no tenía hambre; los nervios habían llenado su estómago, ya no le cabía ni un trocito de patata con mantequilla.
                Era la noche.
                Peter había prometido volver a por ella para la Limpieza de la Primavera, y ya era primavera. Rogó a su madre que la dejara dormir en su antiguo dormitorio, pero la señora Darling le dijo que ya estaba bien de tonterías, que dormiría en su cama, y punto.
                Esa noche Wendy lloró como no había llorado nunca. A punto estuvieron las lágrimas de cubrirla hasta los tobillos. No dejaba de pensar en Peter. Se durmió con su nombre en los labios.

La Limpieza de la Primavera tiene una cosa curiosa, y es que en cada casa se hace un día distinto. A pesar de la decepción por que Peter no hubiera venido a por ella para llevarla a Nunca Jamás, donde sería la madre de todos los Niños Perdidos y de los piratas, Wendy se dijo que tal vez los calendarios no funcionaran muy bien en el lejano país. También se dijo que ese otoño cumpliría catorce años y jamás sería capaz de volar.
                Primero fue marzo y el primer corte de pelo al estilo francés; más tarde, abril y los nuevos zapatos de piel una talla mayor. En mayo, en mayo fue un diente de leche bajo la almohada. Pasaban los días, Wendy dejaba notas en la ventana destinadas a Peter Pan, notas llenas de besos, huellas de chocolate y esencia de rosas para despistar a las sombras perdidas, pero el niño, tal y como había pronosticado la señora Darling, no volvió. Con la llegada del verano, Wendy perdió la esperanza, y los niños pueden perder cualquier cosa, pero se les está terminantemente prohibido perder la esperanza.

Arthur tenía ocho años, diez dientes de leche y una ventana que daba a la casa de los Darling. Arthur tenía el pelo rojo, como en llamas, y la cara llena de pecas, y pasaba horas mirando a la niña de los Darling. Arthur, que creía en las hadas y en los fantasmas, se preguntaba por qué Wendy –así se llamaba la niña- siempre se hallaba mirando por la ventana, por qué subía corriendo después del colegio para mirar la ventana, cómo a pesar de los días, los meses y los años Wendy seguía asomándose a la ventana con el mismo gesto esperanzado.
                Arthur, que una vez, con cinco años, había conocido a Peter Pan y había sido un Niño Perdido y se había enamorado de aquella sirena llamada Coral, seguía la historia de Wendy con el pecho encogido. Fue él quien acompañó a Wendy cuando el pequeño Michael murió en la guerra, o cuando al responsable John lo nombraron ministro, o cuando Wendy encontró el amor en un joven soldado llamado Edward.
                Arthur no soportaba su tristeza, parecía que esa pena fuera consumiendo con los años a la imaginativa Wendy, ni siquiera cuando nació Jane, su primera hija, o el pequeño Danny, parecía Wendy dispuesta a sonreír a la ventana. Los peores días eran aquellos de cielo despejado lleno de estrellas, cuando Wendy lloraba en silencio, incapaz de serenarse con el beso de Edward o los niños. Con todo, les hablaba de Peter Pan y ellos creían cada palabra.
                Un día, sólo un día en todos esos años, Arthur y Wendy se toparon en la calle, y él, ya todo un relojero despistado y tímido, un hombre flacucho y amable, le dijo:
                -Wendy Darling, volverá.
                Y claro que volvió, pero ésa es otra historia.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Nuevo libro: Nosotros, que poseemos la tierra


Ya está aquí. Nosotros, que poseemos la tierra ha llegado finalmente de imprenta y pronto verá la luz. Este libro tiene algo de importante: se trata de mi primera publicación propia tras La traición de Wendy, además de mi primer libro de relatos. Entre tanto, ha habido colaboraciones, participación, antologías, etc, aunque ésta es la definitiva. El libro nuevo de Jose.
     Además, viene con premio (XXI Premio de Literatura para Escritores Noveles 2011) y se trata de un testimonio literario y vital. Quien me conoce sabe lo mucho que me vuelco en cada relato, cada novela, cada proyecto literario. Es inevitable verter una parte de ti en cada escrito, y este libro, que se dilata en el tiempo, es una especie de colección de Horrocruxes que, reunidos, pueden dar la pista definitiva sobre mi recorrido y mis posibilidades en el mundo de las letras. Aún más, me atrevo a decir que lo hace. Los diez relatos que componen Nosotros, que poseemos la tierra fueron escritos en momentos vitales muy distintos entre sí, aunque con un componente común: la comunión entre la tradición y el misterio. El terror como forma de entender la tierra. Con dieciséis o diecisiete años escribí el más antiguo; el último, hace un año, con veinticuatro. Algo debe haber cambiado ahí. Sin embargo, me he negado a fechar los relatos o a ordenarlos cronológicamente. Creo que a la entereza del testimonio contribuye este desorden que parte, no obstante, de manera casi accidental, del poema que sirve de hilo aglutinador del conjunto, "Un español habla de su tierra", de Luis Cernuda. En definitiva, diez relatos originalmente concebidos de manera independiente que, al presentar rasgos comunes, dieron lugar a este librito, desde luego no el mejor, no el más atrevido, no el más valiente, pero desde luego mío. Por si fuera poco, logré que Mario Cuenca Sandoval, autor al que admiro y leo y releo, me prologara.
     Con algo de suerte, en enero-febrero verá la luz Nosotros, que poseemos la tierra. Entonces, llegará el momento de moverlo por la geografía española con una serie de presentaciones y actos promocionales. Sólo os puedo adelantar un precio de escándalo, sobre 8 euros. Eso, y que la cita que abre el libro es un fragmento del tema "Strange fruit", popularizado por Billy Holliday.


Si bien no he podido escoger la portada, la mía
 habría sido algo parecido a esto

sábado, 26 de noviembre de 2011

Presentación en Jaén: Los cines somnios

Me han invitado a presentar el libro de una escritora con la que tengo muchas cosas en común, Patricia García Rojo. Ambos somos de Jaén, veinteañeros, ganamos el premio convocado por el Instituto Andaluz de la Juventud y hemos publicado en Berenice. Por si fuera poco, ambos nos movemos en el fantástico, ese hilo que derrite la fantasía y hace nuestros mundos posibles.
     La presentación, por si a alguien le interesa, tendrá lugar el jueves 1 de diciembre en la biblioteca de Jaén a las 7 de la tarde. Conversaremos animadamente con los asistentes y entre nosotros, ya que esto se trata de hacer un acto ameno donde la imaginación de Éldonon inunde a todos los presentes. No os lo penséis dos veces, será divertido :)

LOS CINES SOMNIOS

Después de iniciarse en el mundo de Éldonon, el reino desde donde se introducen todas las criaturas imaginarias en nuestra realidad, y de vivir en la Fábrica Creátor, Carlos volverá a la tierra a la que pertenece para formarse en los Cines Somnios. Abandonado prácticamente a su suerte, nuestro héroe aprenderá a crear sueños y pesadillas para los humanos. Pero, ¿qué ocurrirá si algo se le escapa de las manos?¿Y si por la noche el número de pesadillas comienza a crecer desproporcionadamente? ¿Cómo afectará eso a Éldonon? ¿Y a la Tierra? En un escenario desconocido, y acompañado de sus viejos amigos, Carlos tendrá que lidiar con una nueva amenaza de la inquietante Igua, pero también consigo mismo porque, dentro de él, se desatará un poder que nadie podrá controlar.
Tras el éxito del primer volumen de la saga, La Fábrica Creátor (ganadora del certamen de Andalucía Joven de Narrativa 2007), siguen las aventuras en Éldonon, un mundo abierto a la imaginación.

lunes, 24 de octubre de 2011

¡Que nos vamos a Andújar!

Hoy ha sido el Día Mundial de la Biblioteca. Para celebrarlo, he visitado una y he sacado tres libros: dos del polémico Alberto Olmos y El ladrón de morfina del grandísimo Mario Cuenca Sandoval. La intención es leerlos a destajo. Tengo muchas cosas por leer este año, y eso es bueno. Aprovecho los viajes para ver películas y leer, y escribo cuando llego a Madrid y me pica el gusano. Y últimamente me pica bastante a menudo. Ya sabéis que trabajo en una nueva novela más compleja, ambiciosa y difícil que La traición de Wendy. Queridos niños me está costando, pero creo que vale la pena, porque ya ha nacido la magia en varias ocasiones. Los personajes están demostrando tener miles de recovecos, y la historia un sinfín de posibilidades. Mientras tanto, sigo de lleno con muchos proyectos paralelos, a cada cual más interesante.
Leo hoy en el diario Jaén una noticia sobre el Día de la Biblioteca, y resulta que al final del artículo hablan de mí: Además, se celebrará un encuentro literario con el escritor José Alberto Arias Pereira, ganador del Premio Andalucía Joven Narrativa 2009 con “La traición de Wendy”.
Efectivamente, aunque ya lo anuncié tengo una cita literaria en Andújar. Nunca he estado allí, de modo que será un motivo más para la alegría. El encuentro con chavales de institutos de la ciudad, gestionado por el Centro Andaluz de las Letras, tendrá lugar en la Casa de la Cultura a partir de las 12 y media. Supongo que hablaremos de los libros que nos cambiaron la vida, de en qué consiste escribir, de para qué escribimos... Leeremos fragmentos, propondré alguna dinámica para relajar el ambiente e intentar que eso sea lo más parecido a un festín literario.

Pues eso, si alguien quiere pasarse, nos vemos el jueves por la mañana en Andújar  :)

Póster de presentación de la novela Queridos niños

martes, 13 de septiembre de 2011

Próximas citas

No, esto aún no ha acabado.


Hoy mismo me han llamado para confirmarme que la semana que viene, el jueves por la tarde, estaré en Córdoba escribiendo cuentos y poemas a sueldo, es decir, a cambio del precio simbólico de un euro. No, no es que me haya vuelto loco de repente o esté tan necesitado (que también) sino que me han vuelto a invitar al festival Eutopía, tal y como ya hice el año pasado. En concreto, mi actividad no es ni más ni menos que "creadores a sueldo", que tendrá lugar en el Boulevard de la Creatividad la tarde de 6 a 9. Allí, quien quiera acercarse se llevará un cuento o poemita improvisado, una carta de amor, lo que surja. Será divertido. Espero escribir mucho en esas horas. Espero cambiar alguna vida, o al menos sacudirla. Si tengo suerte, esa misma noche iré a la Filmoteca a ver REC, que vale la pena volver a verla en el cine.

Un poco más adelante, el 27 de octubre, tengo programado otro encuentro , en este caso con jóvenes lectores. Tendrá lugar a las 12,00 en la Casa de la Cultura de Andújar, todo ello dentro de los Encuentros con autor promovidos por el Centro Andaluz de las Letras.

¡Ah! Y no creáis que queda ahí la cosa. Próximamente tendréis noticias de varias publicaciones donde aparece mi nombre, ya sea en poesía o en relato, en novela o en traducción, pero todo a su tiempo. Un adelanto: Poetas del 15M


miércoles, 31 de agosto de 2011

Reseña en Calabazas en el trastero



Esta es una novela imperfecta y maravillosa. Reseñarla va a ser, por lo tanto, complicado, así que empezaré por señalar dos elementos objetivos: se llevó el Premio Andalucía Joven de Narrativa en el 2009 y es un homenaje a la obra de Barrie y, por lo visto, a un disco de Ismael Serrano que no he oído.
El argumento nos lleva de vuelta a Nunca Jamás, pero a un Nunca Jamás que sí ha sufrido el paso del tiempo, que ha cambiado. En cierto modo, ha madurado, ha crecido rompiendo la premisa básica que la convertía en una tierra de sueños, y, por lo tanto, se ha sumido en el territorio de la pesadilla. La clave, como no podía ser de otra forma, está en Peter Pan.
José Alberto Arias ha tomado la mitología que creó Barrie en torno al personaje y la ha hecho evolucionar hacia derroteros siniestros. Si ya de por sí tenía un componente inquietante -como lo tienen muchas de las fantasías de los niños-, en las páginas de La traición de Wendy se sumerge de lleno en lo macabro y lo cruel. Estamos ante una obra de fantasía oscura en el pleno sentido del término: la fascinación y el horror se dan la mano.
Al mismo tiempo, el autor no ha renunciado al tono de fábula, y aquí está uno de los puntos cuestionables de la obra, una de sus imperfecciones, pues parece más dirigida a literatos que a lectores. Sí, el tono de cuento encaja con el planteamiento de clásico pervertido, pero, al mismo tiempo, crea un distanciamiento con el lector que hace que la historia sea inesperadamente fría: aunque los personajes están bien perfilados y hay momentos emotivos, no se crea una auténtica tensión. Más bien, tenemos la impresión de estar en un macabro museo de cera.
Esta vocación erudita se refleja también en los numerosos juegos metaliterarios, en las referencias a otras obras, en el cierre a modo de muñeca rusa, en la manera en la que se estructura el relato y se van revelando los misterios del nuevo Nunca Jamás. Estos elementos no son accesorios, no rompen con la coherencia de la obra, pero, al mismo tiempo, envenenan su espíritu romanesco, ponen demasiado de relieve la tramoya, el carácter ficcional del reparto, el juego al que se ha entregado el autor.
Tras su lectura, la novela me genera sentimientos encontrados. Me parece una gran obra, llena de ingenio y de vitalidad, de fuerza y de valor. También me parece una novela con aristas, un viaje que en algún momento pierde el rumbo o que, al menos, navega hacia este por aguas que no le convenían, aunque lo haga deliberadamente.
Sin duda, José Alberto Arias es un autor que dará mucho que hablar. A pesar de su juventud, y de ser esta su primera novela publicada, muestra en estas páginas mucho más talento del que he encontrado en muchos libros. Y, aunque las aristas mencionadas puede que no hagan de este libro un bocado para todos los paladares, no han impedido que La traición de Wendy sea una de las lecturas que más he disfrutado en los últimos tiempos. Y no solo por mi debilidad por Peter Pan. Una obra muy recomendable para quien quiera conectar, más que emotiva, intelectualmente.

sábado, 23 de abril de 2011

Día del libro (aunque llegue tarde)

Hace algo así como un año nació La traición de Wendy. Apareció en las librerías, en los escaparates de Irún y Granada, en los cortesingleses y lascasasdellibro y demás sitio. Entonces, la gente se volvió loca y empezó a comprarla y a pedir en la FNAC porque no encontraban el libro, y lo habían colocado en la sección de literatura infantil. También empezó a venir gente y más gente a las presentaciones, y yo a viajar y a hablar de esta maravilla que es la escritura y son los libros en Antequera, Sevilla, Jaén, Granada, Huelva, Córdoba... y pude conocer a más escritores maravillosos de muchas partes y a sentir que esto de la literatura tenía algo bueno.
Porque publicar un libro me ha hecho más feliz, como el día de la presentación de la novela en Granada, un día que lo pasé genial, que estuve rodeado de amigos y familia, un día en que no cabía en mi pecho.



Por eso desde aquí sólo puedo animar a quienes escriben a que lo sigan haciendo, a los que leen a que sigan devorando las páginas, a los libreros y bibliotecarios a que sigan siendo fieros guardianes y consultores de la cultura. En definitiva, a que la literatura nunca pierda la posición que le corresponde.

In memoriam -Susanne